Cada víctima fue enterrada en una fosa individual con un código, fotografías y registros dactilares para que, en el futuro, sus familiares puedan reconocerla y darle un último adiós.
Mientras miles de familias venezolanas continúan buscando desesperadamente a sus seres queridos entre hospitales, refugios y montañas de escombros, las autoridades comenzaron a sepultar a más de 150 víctimas que aún no han podido ser identificadas tras el devastador doble terremoto que sacudió al país el pasado 24 de junio.
La inhumación se realizó en el cementerio La Esperanza, ubicado en Catia La Mar, estado La Guaira, una de las zonas más golpeadas por la tragedia. Allí, retroexcavadoras abrieron una larga hilera de fosas individuales donde fueron sepultados los cuerpos recuperados durante las labores de rescate.
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A diferencia de una fosa común, cada víctima fue enterrada de manera individual. Las autoridades colocaron una cruz blanca, asignaron un código de identificación y conservaron fotografías, huellas dactilares y demás registros forenses con el propósito de que, si algún familiar logra reconocerla en el futuro, pueda reclamar sus restos y brindarle una sepultura definitiva.
La medida fue adoptada debido al alto número de fallecidos y a la imposibilidad de mantener por más tiempo los cuerpos sin identificar, mientras decenas de personas continúan desaparecidas y las labores de búsqueda siguen desarrollándose en las edificaciones colapsadas.
El más reciente balance oficial elevó a 3.342 el número de fallecidos y a 16.740 la cifra de personas heridas como consecuencia de los terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 que devastaron amplios sectores de Caracas y, especialmente, del estado La Guaira.
En las calles de las zonas afectadas, el dolor continúa siendo evidente. Muchas familias recorren hospitales, morgues y centros de atención con la esperanza de encontrar noticias sobre sus seres queridos, mientras otras permanecen junto a los escombros esperando que los equipos de rescate recuperen algún cuerpo que les permita cerrar un largo y angustioso capítulo de incertidumbre.
Las filas de cruces blancas sin nombres, identificadas únicamente con códigos, se han convertido en uno de los símbolos más conmovedores de la tragedia. Detrás de cada una hay una historia que aún espera ser contada y una familia que sigue aferrada a la esperanza de poder identificar a quien perdió la vida en uno de los desastres naturales más devastadores registrados en la historia reciente de Venezuela.


