Cinco personas asesinadas en pleno Día de las Madres dejaron nuevamente al Magdalena bajo el miedo y la incertidumbre. Para defensores de derechos humanos, la violencia que golpeó a Pueblo Viejo no fue un hecho aislado, sino el resultado de múltiples señales que ya advertían el deterioro de la seguridad en la zona.
La masacre ocurrida el domingo 10 de mayo en el municipio de Pueblo Viejo, Magdalena, sigue generando conmoción en el departamento. Mientras avanzan las investigaciones para esclarecer quiénes están detrás del asesinato de cinco personas, nuevas voces comenzaron a revelar que la tragedia habría sido advertida desde hace varios meses por organizaciones defensoras de derechos humanos que alertaban sobre la presencia de actores armados y movimientos ligados al narcotráfico en la zona.
Lerber Dimas Vásquez aseguró que el caso representa una situación “compleja” debido a que, según la información conocida hasta ahora, las víctimas no estarían vinculadas a estructuras armadas ilegales ni existiría un motivo evidente que explique la brutalidad del crimen.
“No hay un hilo conductor que explique esta masacre”
De acuerdo con el defensor de derechos humanos, las víctimas eran integrantes de una reconocida familia de pescadores del municipio, ampliamente conocida entre la comunidad de Pueblo Viejo.
Entre los asesinados se encontraba un joven que recientemente había terminado de prestar servicio militar, mientras que otros integrantes de la familia habían sido reconocidos como víctimas dentro del proceso relacionado con la histórica masacre ocurrida años atrás en los pueblos palafíticos.
Según explicó Lerber Dimas, esto convierte el caso en un episodio aún más alarmante debido a que no existirían elementos claros que permitan asociar a las víctimas con actividades criminales o disputas armadas.
“Eran familias pescadoras, familias trabajadoras y humildes con reconocimiento dentro del municipio”, manifestó.
Las alertas que anticipaban una tragedia
Aunque el móvil del crimen continúa siendo materia de investigación, desde la Plataforma de Derechos Humanos de la Sierra Nevada aseguran que sí existían señales preocupantes sobre el deterioro de la seguridad en la región.
Entre las situaciones advertidas por defensores y líderes sociales se encontraban el asesinato y decapitación de un pescador semanas atrás, la presencia de hombres armados movilizándose en lanchas y el fortalecimiento de corredores de narcotráfico entre el Parque Isla de Salamanca y sectores costeros del Magdalena.
Según Lerber Dimas, tanto organizaciones sociales como la Defensoría del Pueblo habían emitido advertencias e informes de riesgo alertando sobre la posibilidad de que ocurriera un hecho violento de gran magnitud.
“Habían varios elementos que nos permitían ver que esto podía ocurrir”, indicó.
El terror en fechas que nunca se olvidan
Uno de los aspectos más dolorosos de la masacre es la fecha en la que ocurrió: el Día de las Madres.
Para Lerber Dimas, las masacres perpetradas durante celebraciones especiales terminan quedando marcadas permanentemente en la memoria colectiva de las comunidades.
Explicó que hechos violentos ocurridos en fechas simbólicas como el Día de la Madre, Navidad o fin de año adquieren una dimensión emocional mucho más profunda, debido a que las familias asocian para siempre esas celebraciones con el recuerdo del horror.
“Ese tipo de hechos se perpetúan en la memoria de las personas”, señaló.
Pueblo Viejo vuelve a quedar bajo el miedo
La nueva masacre revive el temor entre los habitantes de Pueblo Viejo y otras poblaciones ribereñas del Magdalena, donde líderes comunitarios vienen denunciando desde hace meses el incremento de amenazas, circulación de hombres armados y posibles disputas criminales asociadas a rutas del narcotráfico.
Mientras las autoridades avanzan en las investigaciones, el crimen dejó nuevamente sobre la mesa las advertencias hechas por defensores de derechos humanos acerca del crecimiento de la violencia en zonas históricamente golpeadas por el conflicto armado y el abandono estatal.
Hoy, el silencio de las calles y el miedo entre los pobladores reflejan una realidad que vuelve a repetirse en el Magdalena: comunidades humildes atrapadas en medio de una violencia que, aunque muchas veces es advertida, termina llegando demasiado tarde.


