Luego de décadas de abusos sexuales y torturas físicas ocultas bajo un manto de religiosidad, la familia Martínez Pereira colapsó en un acto de justicia por mano propia.
La historia de los Martínez no es solo un crimen, sino el resultado de un sistema que ignoró el auxilio de seis hermanos.

Durante años, Carlos Martínez mantuvo una imagen de “padre ejemplar” y creyente cristiano mientras, en la intimidad, sometía a sus hijos a torturas físicas como horas bajo agua helada y abusos sexuales sistemáticos.

Sara Martínez recuerda cómo su padre utilizaba la manipulación psicológica, pidiendo perdón y entregando dulces tras las agresiones, para tejer una red de culpa que paralizó a la familia.
En 2010, el Estado perdió su primera oportunidad de intervenir. Sara denunció los abusos a los 12 años, pero el proceso fue una nueva pesadilla: enfrentó peritajes revictimizantes y su padre recibió una condena de apenas tres años. Al salir de prisión tras cumplir solo uno, Martínez regresó para acechar a sus víctimas en liceos y trabajos, amparado por una comunidad religiosa que instaba al perdón, permitiéndole perpetuar el control desde la impunidad absoluta.
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El colapso definitivo ocurrió en mayo de 2025. Al descubrir que su madre seguía siendo golpeada y amenazada, los hermanos mayores, Ana, Moisés y Sara compartieron por primera vez la magnitud total de sus traumas.
La noticia de que el padre pretendía mudarse cerca para reclamar la tenencia del hermano menor de 15 años fue el detonante: Moisés comprendió que, ante la ausencia de protección estatal, el circulo vicioso nunca terminaría por las vías legales.
El desenlace fatal, en el que Moisés mató a su padre de 14 disparos, ha sido descrito por su defensa como una explosión de sufrimiento crónico. Sin embargo, en abril de 2026, la jueza María Noel Odriozola lo condenó a 12 años de prisión, argumentando que la familia no agotó los “mecanismos de protección” previos.

Actualmente, el caso ha escalado hasta la presidencia de la nación, mientras Moisés permanece bajo arresto domiciliario a la espera de una apelación. Para Sara y sus hermanos, la muerte del agresor no fue un acto de odio, sino la única forma de detener a un “monstruo” omnipresente.


