Una triste pero repetitiva imagen es la que se registra en el centro histórico de Santa Marta con los menores de edad provenientes del vecino país de Venezuela.
Con colchonetas en el piso, ocupadas por menores de edad, algunos provenientes de Venezuela, otros hasta de la misma zona peninsular de La Guajira; así se adornan las noches frente a la calle primera.
La fila de lechos improvisados se ubica frente de la biblioteca Gabriel García Márquez del Banco de la República, muy cerca al Parque de Bolívar; en la que los menores descansan después de una larga jornada de trabajo, hambre y desazón, en la que esperan que sus padres consigan trabajo o al menos un bocado para saciar su boca.
En la orilla de una de las “camas”, una dulce niña canta una canción, no se alcanza a entender la letra, pero la melodía es quizás la de un reggaetón que denota alegría en medio de tanta penuria.
Las noches son más trágicas, “gracias a Dios no ha llovido”; se escucha decir a uno de los que está alrededor del improvisado hogar, mientras que una mujer de la tercera edad les pide que descansen a tres niños, uno de cinco años, otros de cuatro y un tercero de dos que hacen parte de la hilera.
Mientras los gobierno hablan de acoger a la comunidad venezolana y la atención integral a menores de edad, en Santa Marta, niños duermen en el piso en una zona en la que por las noches cambia el decorado de las oficinas, el turismo y la cultura; por un ambiente de hostilidad, prostitución y alcohol en diferentes estaderos alrededor de la carrera primera en el centro histórico.
A través de las redes sociales, samarios muestran indignación ante la situación que viven los menores provenientes de Venezuela y los municipios de La Guajira.
Foto: Cortesía Meli Giam
