La menor, de apenas cinco meses, se encuentra hospitalizada en Bucaramanga, luchando por su vida con graves lesiones. Las autoridades investigan el horroroso caso.
La tarde en que todo cambió comenzó en el municipio de Ocaña, Norte de Santander. El silencio de una vivienda fue quebrado por un golpe seco y un grito ahogado. La abuela de una pequeña bebé, con el corazón acelerado, corrió hasta la habitación y se encontró con una escena imposible de borrar: su nieta de cinco meses yacía ensangrentada en el suelo.
La A pocos pasos, Wilkin Roney Durán García, subintendente de la Policía Nacional, permanecía de pie, desorientado, sin entender del todo lo que acababa de hacer.
La menor fue trasladada de urgencia a un centro asistencial, y luego remitida a Bucaramanga, donde hoy se encuentra hospitalizada en una unidad de cuidados intensivos.
Los médicos reportaron trauma cráneo encefálico y múltiples fracturas en su cuerpo. El diagnóstico fue brutal: la niña estuvo a punto de morir.
La madre del uniformado, testigo de la escena, relató que el hombre parecía estar bajo los efectos de una fuerte alteración emocional o sustancias psicoactivas.
Según contó, llevaba tres días consumiendo licor de forma continua. “Estaba de vacaciones, pero no era él mismo… se notaba afectado, como ido”, comentó.
En el momento de la captura, y sin saber que su hija seguía con vida, el subintendente pronunció una frase estremecedora: “Yo maté a mi hija”. Los agentes quedaron atónitos. No solo por la confesión, sino por el impacto de ver a uno de los suyos en medio de una situación tan monstruosa.
La madre de la menor, una joven estudiante de medicina que se encontraba en Bucaramanga finalizando su carrera, había dejado a la bebé bajo el cuidado de Durán. Jamás imaginó que, en su ausencia, su hija sufriría uno de los actos más atroces.
Las autoridades han señalado que el uniformado estaba pasando por una aparente crisis emocional y fue remitido a un centro médico bajo custodia policial. Mientras tanto, enfrenta un proceso judicial por tentativa de feminicidio agravado.
Este caso ha generado consternación en todo el país, no solo por la crudeza de lo ocurrido, sino porque el presunto agresor es un miembro activo de la institución encargada de proteger la vida.
El episodio pone sobre la mesa la necesidad urgente de revisar el estado psicológico de los uniformados, especialmente aquellos con armas y responsabilidades familiares.
En Bucaramanga, los médicos hacen todo lo posible por salvar a la bebé. Su estado sigue siendo delicado, pero estable. Y mientras ella lucha por su vida, la sociedad entera exige justicia.
