Santa Marta enfrenta un déficit estructural de agua que oscila entre 1.000 y 1.200 litros por segundo, cifra que puede aumentar un 20 % en temporadas de alta demanda. A medida que crece la ciudad y recibe más visitantes, la presión sobre un sistema que ya funciona al límite se intensifica.
Diversas alternativas han sido estudiadas: la planta proyectada en el río Piedras aportaría 800 litros por segundo, pero requiere más de un año en obras de conducción; la planta del norte, en Taganga, sumaría apenas entre 25 y 30 litros por segundo, insuficiente para cubrir la demanda.
En este contexto, la planta desanilizadora del sur, con capacidad de 600 litros por segundo, se perfila como la solución estructural que permitiría cerrar la brecha hídrica. Según expertos, mejoraría la estabilidad de presiones, la continuidad del servicio y la seguridad del suministro.
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El déficit no es solo un problema técnico: afecta con mayor fuerza a las familias de barrios populares, que enfrentan días sin agua, mayores costos por compra y dificultades cotidianas. Incrementar la oferta también reduciría pérdidas por fraudes y prácticas informales, estimadas en cerca de 300 litros por segundo.
Además, un suministro estable desbloquearía proyectos de vivienda social y desarrollos urbanos actualmente detenidos por falta de agua. Invertir en infraestructura no es un lujo: es una decisión estratégica para garantizar equidad, fortalecer la eficiencia del sistema y permitir un crecimiento sostenible.
Santa Marta necesita asegurar que el agua deje de ser un privilegio intermitente y se convierta en un derecho efectivo, y la planta del sur es la herramienta clave para lograrlo.


