La temporada alta de turismo en Bolivar dejó una postal contradictoria en Barú pues las playas estaban llenas, y los ingresos en picada debido a una confrontación que expone fallas de fondo en el turismo.
Playa Blanca, uno de los destinos más visitados de la isla de Barú, vive una paradoja que desató una ola de críticas y debates en redes sociales. Mientras la playa se mantiene abarrotada de visitantes, los comerciantes aseguran que sus ventas cayeron de forma drástica, abriendo una confrontación directa con los turistas que hoy llegan equipados con comida, bebidas, sillas y neveras portátiles, esto debido a que consideran que los precios son exagerados, afectando el bolsillo de los distintos visitantes a nivel nacional.
No obstante, para los vendedores este cambio de comportamiento representa un golpe directo a su sustento. Señalando el flujo de personas se mantiene alto, el consumo disminuyó notablemente, dejando a muchas familias sin los ingresosque tradicionalmente genera la temporada alta.
“Las playas están llenas, pero el dinero no circula”, expresan prestadores de servicios, quienes aseguran que ahora los visitantes se preparan para pasar el día completo sin comprar absolutamente nada en la zona. Algunos incluso han solicitado que se controle el ingreso de alimentos y elementos externos, con el argumento de proteger la economía local.
Turistas rechazaron la propuesta de los comerciantes
La propuesta generó una respuesta masiva por parte de los turistas. Para ellos, no se trata de mezquindad ni de falta de solidaridad, sino de una forma de protegerse frente a lo que consideran prácticas abusivas reiteradas; precios elevados, cobros inesperados y tratos irrespetuosos.
“Uno llega ilusionado por la playa, pero termina inconforme con el servicio y los costos”, expresó una visitante en redes sociales, reflejando el sentir de muchos que aseguran haber decidido llevar sus propios productos para evitar conflictos y gastos excesivos.
El choque entre ambas partes dejó al descubierto una problemática más profunda y es la falta de regulación claraen la prestación de servicios turísticos, la ausencia de tarifas visibles y la debilidad de los controles institucionales. En ese vacío, se rompe la confianza entre quienes ofrecen y quienes consumen, convirtiendo un destino turístico en un escenario de tensión permanente.
Hoy, Playa Blanca enfrenta una crisis económica para sus comerciantes y también una crisis de credibilidad. Entre turistas que se sienten abusados y vendedores que se sienten abandonados, la pregunta sigue abierta: ¿quién está fallando realmente en una playa que debería ser sinónimo de descanso, no de confrontación?


