La diputada sobrevivió a un ataque armado en plena Troncal del Caribe y asegura que es una represalia directa por exponer corrupción, microtráfico y estructuras ilegales.
Cuando se movilizaba desde Ciénaga hacia Santa Marta, la diputada Rosita Jiménez fue interceptada por hombres en motocicleta que abrieron fuego contra su vehículo en plena Troncal del Caribe. Los disparos se repitieron una y otra vez, en un intento claro por silenciarla.
Pero no lo lograron.
El blindaje de la camioneta asignada por la Unidad Nacional de Protección evitó una tragedia. La dirigente salió ilesa, aunque el mensaje detrás del atentado fue imposible de ignorar. Horas después, reapareció con una declaración que encendió aún más el ambiente:
“Están buscando callar a quienes denunciamos… pero lo digo con absoluta claridad: no me van a callar”.
Para Jiménez, lo ocurrido no es un hecho aislado. Es la continuación de una cadena de amenazas, presiones e intimidaciones que según denuncia ha enfrentado durante años por exponer redes de corrupción, microtráfico y estructuras ilegales en el Magdalena.
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“Este atentado es el resultado de años de intimidaciones”, advirtió, dejando entrever que detrás del ataque habría intereses que buscan frenar su labor política.
El caso provocó una reacción inmediata desde la Gobernación.
La mandataria Margarita Guerra rechazó el atentado y ordenó acelerar las investigaciones para dar con los responsables. Además, reiteró el respaldo institucional a la diputada y enfatizó la necesidad de garantizar la vida y el ejercicio democrático en el departamento.
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Mientras tanto, Jiménez elevó el tono de su denuncia.
Hizo un llamado urgente a las autoridades nacionales e incluso a instancias internacionales para que intervengan frente a lo que califica como una situación crítica de seguridad.
Su postura es clara: no piensa retroceder.
“Mi voz y mi compromiso no se negocian”, sentenció.
El ataque no solo deja al descubierto los riesgos que enfrentan quienes denuncian, sino que abre un nuevo capítulo de tensión en el Magdalena, donde las balas, al parecer, siguen intentando silenciar lo que muchos prefieren no escuchar.


