Tras el crimen que conmocionó al país, la mujer enfrenta una dura realidad: sin trabajo, con secuelas emocionales y pidiendo ayuda para salir adelante.
El dolor no terminó con la tragedia. Para Mari Noriega, la vida cambió por completo desde el momento en que desaparecieron sus hijas y luego se confirmó el peor desenlace.
El asesinato de Sheerydan Sofía Hernández Noriega, de 14 años, y Keyla Nicole, de 17, no solo estremeció al país por la violencia del caso, sino que dejó una herida abierta en una madre que hoy lucha no solo con el duelo, sino también con una difícil situación económica.
Todo comenzó el 18 de febrero de 2026, en plena temporada de Carnaval de Barranquilla. Lo que sería una salida a una fiesta en Malambo terminó convirtiéndose en una pesadilla. Las jóvenes, que inicialmente no tenían planeado asistir, aceptaron tras la insistencia de conocidos. Esa fue la última vez que su familia supo de ellas.
Las horas pasaron sin respuesta. Las llamadas no entraban, los mensajes no llegaban. El silencio empezó a pesar… y luego se transformó en angustia cuando aparecieron mensajes extorsivos.
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En medio de la desesperación, la madre recurrió a todo lo que tenía a su alcance. Revisó conversaciones, buscó contactos y trató de reconstruir los últimos momentos de sus hijas. Fue así como identificó a personas con las que habían estado en comunicación antes de desaparecer, en un intento desesperado por encontrar pistas.
Pero nada de eso logró cambiar el desenlace.
Hoy, la tragedia no solo se mide en la pérdida irreparable de sus hijas. También en las consecuencias que arrastró su búsqueda. Mari Noriega quedó sin empleo, al igual que su hija mayor, quien dejó de trabajar para acompañarla en la incansable tarea de encontrarlas.
Días enteros recorriendo oficinas, acudiendo a autoridades y enfrentando la incertidumbre marcaron una rutina que terminó por desestabilizar por completo su vida.
“Salía desde la mañana y regresaba en la noche sin comer, sin descansar”, recordó, evidenciando el desgaste físico y emocional que aún la acompaña.
Actualmente, recibe apoyo psicológico y ayuda de personas cercanas, pero su situación sigue siendo crítica. Por eso, su voz hoy no solo cuenta una historia de dolor, sino también un llamado urgente a la solidaridad.


