Fieles samarios salen a las calles con ramos en mano para dar apertura a la Semana Mayor, una de las celebraciones más importantes para la comunidad católica.
Desde las primeras horas del día, Santa Marta cambia su ritmo. No es una jornada cualquiera: la ciudad se llena de ramos, cantos y pasos que avanzan hacia los templos, en una manifestación de fe que marca el inicio de la Semana Santa.
En distintos sectores, familias completas se congregan para participar en las tradicionales procesiones del Domingo de Ramos, una fecha que abre el calendario litúrgico más significativo para la Iglesia Católica.
Con ramas en alto, los fieles recorren calles y avenidas hasta llegar a parroquias y capillas, donde se celebran las eucaristías que dan paso a una semana cargada de simbolismo, reflexión y tradición.
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Este día no solo convoca multitudes, también conecta con una historia que se remonta a siglos atrás: la entrada de Jesucristo a Jerusalén, un episodio que los creyentes evocan con gestos sencillos pero llenos de significado.
En Santa Marta, esa escena se traslada al presente. Los ramos bendecidos —que luego muchos conservan en sus hogares representan acogida, esperanza y fe, en medio de una ciudad que durante estos días se convierte en uno de los destinos religiosos y turísticos más concurridos del país.
La celebración también adquiere un tono especial dentro de los templos. Durante las misas, se recuerda uno de los momentos más complejos de la vida de Jesús, invitando a los asistentes a reflexionar sobre el sentido del sacrificio, la entrega y la humildad.
Más allá del acto religioso, el Domingo de Ramos es también un punto de encuentro. Une a creyentes, visitantes y comunidades enteras que, en medio del calor y la tradición, mantienen viva una de las prácticas más arraigadas en la cultura samaria.


