Asesinatos selectivos, cobros diarios y sicariato: la violencia contra trabajadores revela una estrategia de dominio en Barranquilla y su área metropolitana.
Lo que ocurre en Barranquilla, Soledad, Malambo y municipios cercanos ya no puede leerse como hechos aislados. Detrás de los recientes asesinatos de comerciantes y trabajadores informales se perfila un fenómeno más complejo: el control criminal del comercio local.
En menos de una semana, varios homicidios con características similares han encendido las alarmas. Las víctimas no tenían vínculos entre sí, pero compartían una condición: eran parte de la economía diaria, personas que dependían de su trabajo para subsistir.
Más que extorsión: control territorial
Las primeras hipótesis apuntan a estructuras ilegales que no solo buscan dinero, sino imponer dominio en zonas específicas. El cobro de extorsiones —conocido como “vacuna”— sería apenas una pieza dentro de un engranaje mayor.
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Los ataques no son aleatorios. Se ejecutan en lugares visibles, a plena luz del día y, en varios casos, frente a testigos. El mensaje parece claro: quien no se somete, es eliminado.
El mismo libreto criminal
Los recientes casos evidencian patrones repetidos: víctimas atacadas en sus propios negocios o sitios de trabajos, sicarios que simulan ser clientes para acercarse sin levantar sospechas, disparos directos, sin robo de por medio, antecedentes de amenazas o exigencias económicas previas.
Este modus operandi sugiere planificación, seguimiento a las víctimas y una red organizada detrás de cada hecho.
En sectores comerciales, especialmente donde predominan vendedores informales, la presión es constante. Los pagos exigidos pueden ser diarios, semanales o por “derecho” a trabajar en determinada zona.
Quienes logran pagar, lo hacen bajo miedo. Quienes no, quedan expuestos.
La situación ha generado un efecto silencioso: cierres de negocios, reducción de horarios y desplazamiento de comerciantes hacia otras zonas, en busca de escapar del control criminal.
Las víctimas: el eslabón más vulnerable
Los asesinados en los últimos días reflejan la diversidad de quienes hoy están en riesgo: jóvenes que apenas comenzaban su vida laboral, adultos cabeza de hogar y comerciantes con años de trayectoria.
Ninguno tenía protección. Todos estaban en el mismo punto: la calle, el negocio, el rebusque diario.
Más allá de los homicidios, lo que está en juego es el control de la economía cotidiana. Cada ataque no solo elimina a una víctima, también refuerza el poder de quienes buscan dominar barrios enteros a través del miedo.
Hoy, en varias zonas del Atlántico, trabajar dejó de ser solo una necesidad: se convirtió en una actividad vigilada, condicionada y, en muchos casos, peligrosa.


